Es penoso cuando la resaca comienza a aparecer antes del amanecer. Mucho peor es cuando, al día siguiente y con el techo de la carpa recalentado por un sol a medio viaje, uno se despierta. El dolor de cabeza aumenta por los ronquidos del compañero y ya sólo se busca el cierre. Ese maldito cierre falseado que a la noche deja entrar ese vientito, invitando a tomar algún buen trago. Y de día no abre y ha causado más de una explosión de vejiga. Sin embargo, cuando uno logra salir de ese horno de olor pestilente y arañas carnívoras, al ver la pureza del lago y su eterna claridad, comienza la fase regenerativa. Y como nadie aparenta mirar lo que hace un resacoso a pleno mediodía, mi cuerpo desnudo se zambulle en el agua. No consigo permanecer allí dentro más que algunos pocos minutos. Es un infierno helado. Salgo y me tiro el la playa esperando que los rayos del sol funcionen a modo de toalla. Sin cerrar los ojos, contemplo. Allí todo es hermoso. Las montañas, con sus cabezas blancas, parecen ancianas cansadas de esperar que alguien las camine, las deforme y las vuelva a deformar. Su asimetría las hace más bonitas. No buscan la perfección, son naturales. Los ríos y los arroyos recorren las montañas, las deforman y llegan al infierno. Miles y miles de litros de agua quedarán enterrados en el pozo. El infierno es seductor y, como al río, nos seduce. Pero una vez allí dentro, se vuelve traicionero. Calambre y uno más al cajón.
El infierno refleja los árboles y los pantanos, los pájaros, los incendios y mil lunas. Pero no apaga los incendios. El infierno no interviene, sólo espera. Refleja el viento y el silencio. O quizás sea al revés, y la vida sea el reflejo del infierno. El infierno es hermoso, es encantador. No nos acepta y me traiciona. Hasta intentará matarme, con tal que yo no lo mate a él. Parece débil el infierno, debe defenderse de un resacoso desnudo. Y hasta que uno se sumerge es hermoso. Y de a poco entiendo que no soy parte de nada de eso, pero igualmente quiero meterme ahí, como cuando un grupo de compañeros de la infancia que me cargaban y lloraba e igualmente intentaba ser su amigo. Busco al infierno y al silencio: no ese silencio de templo, que todos sabemos que es artificial, sino al silencio de la inmensidad. Y es que allí todo fluye. Fluye el río hacia el lago y las montañas a su deformidad. Pero yo sólo me muevo. Me involucro y miro hacia arriba. Mi amigo se ha despertado. A él también le duele la cabeza. Comenzamos a recordar y las risas tapan y esa distancia entre el lago y yo, el silencio y mi mente, la paz y la naturaleza aparecen con más fuerza. Pero yo no me doy cuenta. Las risas tapan. El silencio ya no existe y todavía no conozco persona que lo haya podido encontrar.
lunes, 17 de noviembre de 2008
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
3 comentarios:
me encanto el texto,
y la inmesidad
el silencio
y las montañas.
me encanto juancho
ya te dije juanchin todo es causa y obra de la casualidad.
así mismo. en toda casualidad hay causalidad.
lo tipeé directamente en el blog y lo subi. nunca releo las cosas que escribo. y nunca me gustan tampoco.
salió. solo. como agua de manantial que brota por los poros de mi cuerpo.
me parece que pinta domingo.
siempre que algo me gista digo mismo.
me encanto (:
esta vez no iba a ser menos.
mis felicitaciones. (r)
Publicar un comentario