Yo lo vi todo. Fue en una de esas noches en las que es preferible estar con la frazada hasta los ojos, tapándose la nariz y sin poder respirar, que en un bondi de vidrios empañados y radio encendida. Tenía la cabeza apoyada en la ventanilla cuando el colectivero me despertó. Estaba en la terminal de ómnibus y el amanecer ya comenzaba a activar despertadores. Unas quince cuadras me distanciaban de mi casa, diez por la misma avenida y cinco por Monteverde. Monteverde 856 si alguien pregunta. Los mozos servían desayunos en los bares de la avenida y los perezosos se despedían otra vez del lugar donde más les gusta estar.
Siempre que sucede algo, sucede al final. Sino no hay cuento, no hay vida ni salida. Si un chico quiere besar a una chica tendrá que esperar hasta las últimas horas de la noche para encontrar el momento adecuado. Sin embargo hay otras veces en que el tiempo pasa sin sobrarle nada, y esa vida se diluye, se pierde y difusamente se convierte en un baldío. Pero si algo cambia, debe ser en un instante, sin preámbulos, sin roces. Y ese cambio es una manera efectiva y riesgosa de concretar los actos, tomándolos por sorpresa.
Lo bastante cerca de mi casa como para detenerme, una cuadra antes de Monteverde, yo lo vi todo. Puedo dar declaración a los medios y hasta a la policía si es que resulta necesario. El repartidor de diarios se cruzó. Venía en bicicleta y a contramano. Un camión venia por la avenida y se lo llevó puesto. El chofer del camión bajó a la calle mientras gritaba y lagrimeaba un poco. Yo hubiese llamado a la ambulancia pero no tenia monedas para el teléfono público. Decidí seguir caminando. Cuando llegue a casa, fui al living y encendí la televisión. El canal de noticias ya se encontraba en el lugar del accidente. La ambulancia no. Di algunos pasos, tomé el teléfono, me comuniqué con el hospital y reporte los hechos. No dije mi nombre. Tampoco me lo preguntaron. Me contestaron que la ambulancia estaba en camino, “gracias por su ayuda” y la voz de alguien que nunca voy a saber quién fue se convirtió en un instante en pulsos telefónicos. Volví al living y continué mirando la pantalla. Estaban filmando algo cerca de mi casa. Yo había estado allí, pero me había ido. El camarógrafo enfocaba al chofer( el reportero no aclaraba que era el chofer, lo suponía, pero yo lo sabía, estaba seguro, yo había visto a esa persona bajarse del camión luego de atropellar, hacia sólo unos minutos, a una persona).De fondo, el canillita tenía los ojos cerrados y a mi se me ocurrió que quizás alguien que enchufó la tele para ver la temperatura en lugar de sentirla, podría haber llegado a pensar que ese canillita sólo estaba durmiendo. Sí, durmiendo en la mitad de esa avenida. Al chofer le filmaban la espalda. Tenía una campera de nylon celeste con una inscripción y la leyenda de alguna marca de galletitas de chocolate. Alrededor del ellos dos había una bicicleta con el manubrio dado vuelta, la rueda delantera se había salido y se encontraba unos metros más adelante que el resto del vehículo. La cámara también lograba tomar algunos diarios que estaban desparramados por el lugar. La sección espectáculos tenía en la tapa una fotografía del director de cine ese del que tanto se está hablando ahora. Decidí irme a dormir cuando mostraban una camilla y unos cuantos enfermeros entrar en escena.
domingo, 7 de septiembre de 2008
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