martes, 9 de septiembre de 2008

Naturaleza muerta

El tiburón sabe buscar. Siempre vigila. Tiene hambre y hará cualquier cosa para saciarla. Así, su vigilia se transforma en acecho a cualquier presa. Y cuando el acecho se convierte en ataque, casi siempre, la presa en comida. Luego, el tiburón se divierte. Le gusta el sexo y se va de putas. Sino, se queda nadando por el Pacífico, su océano preferido. No le interesa el amor, sabe que el que siente, siempre muere antes, tiene más causas que la pueden provocar. Pero no por eso el tiburón es rebelde.
El tiburón duerme, también nada y recorre el mundo submarino, ha visto esos paisajes hermosos, esos que solo sus ojos son capaces de apreciar. El tiburón duerme, descansa y sueña. Quiere ser como el reptil o quizás algún mamífero: el elefante, por ejemplo, grande y fornido, aunque un poco lento. Siempre mira hacia arriba, a la superficie, esa línea divisoria entre el aire y el agua, y cree que le gusta el cielo. Imagina sus aletas recubiertas por hermosas plumas, para así conquistarlo todo. Añora lo que sabe que nunca obtendrá, eso es vivir, y sabe que morir no es el intento, ni tampoco el miedo a las cuevas oscuras y los colmillos afilados. El tiburón es hijo de la naturaleza, pero eso no lo vuelve sabio.
Al tiburón le gusta ser. Sueña y luego despierta. Tiene hambre. Se mueve y busca su presa. Las olas también se mueven, pero en un sin fin de sentidos, como para qué no las antrapen, aunque ellas sí que saben retirarse cuando pueden llegar a ser derrotadas. Así, el mar, pero también el viento, nunca dejan de moverse. El tiburón sí. Se acerca a su presa, que se mueve, como el viento y el mar, pero su presa muerta, como una marioneta, es manejada por alguien que en está ocasión ha sido más hábil que un simple tiburón, y cuando ataca y muerde a su presa, la tanza se estira. Pero al mar, eso no le interesa.

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