Todos hemos sufrido alguna vez, cuando estamos leyendo en uno de esos viajes acalorados y eternos, la repulsiva mirada de un lector espía. Sin embargo, lo que a ellos realmente les interesa no son nuestros cuerpos decantados, sino más bien, lo que estamos leyendo. Su hábitat natural es el colectivo, pero, ante la enorme competencia, algunos han optado por trasladarse a los subtes o los trenes.
Los lectores espías tienen la costumbre, cuando están esperando el colectivo, de ubicarse al final de la cola, y si esto no parece posible, dejan ascender al ómnibus a todos los pasajeros, haciéndolo pasar como un acto de extrema caballerosidad. Varios expertos han intentado descifrar la razón que los lleva a tomar esa acción. Algunas hipótesis resultaron insoportablemente inoportunas, otras sin embargo, lograron obtener la atención de los curiosos. Una de estas hipótesis comenta que, al subir último, el lector espía tiene más tiempo para decidir a qué pasajero abordará en plena lectura (un diario o algún tipo de literatura). Otros y esta es quizás la hipótesis más aceptada en la comunidad, dicen que los lectores espías prefieren realizar su espionaje de parados, y al subir últimos al colectivo, tienen más posibilidades de quedarse sin asiento. Claro está que aunque haya asientos, uno puede quedarse parado por propia elección, pero esto pondría más en evidencia las intenciones del lector espía, por lo que es preferible, no forzar la elecciones sino, por obligación, tener que quedarse parado.
Por la mañana, los lectores espías prefieren los diarios, para enterarse de las noticias y comenzar el día bien informados, ahorrándose unos pesos al no tener que comprar algo que algo otro día ya no sirve más que para envolver huevos. Por la tarde y por la noche, pero nunca de madrugada, prefieren la literatura. Algunos lectores espías prefieren los relatos ya iniciados, pues esto incentiva su imaginación, ya que deben figurarse como habrá sido el inicio de la historia. Otros prefieren los textos cortos, que se pueden comenzar y terminar de un solo tirón. Los que prefieren estos relatos son los más estructurados y son conocidos popularmente como “espías de un renglón”. Estos prefieren no soltar nada al azar, de modo que cuando no tienen otra alternativa que espiar un texto ya empezado, prefieren suponer que la historia comienza, en realidad, cuando ellos comienzan a leerla. Los textos preferidos por los lectores espías son los que están siendo escritos en el momento, de esta forma sienten (y de hecho es así) que están espiando a un escritor y no a un lector. Además saben que tienen el privilegio de ser los primeros en leer la obra y hasta quizás de ser los únicos en leerla. Por otra parte, estos escritores viajeros (otros interesantes especímenes que nos dedicaremos a estudiar) son difíciles de encontrar y se supone que no se molestarán en fijarse a su alrededor, pues están completamente concentrados en su escritura, dejando paso libre al lector espía, quien no tendrá ninguna complicación para leer el texto.
Hay una cosa que los lectores espías odian: esos lectores originales, que se niegan a compartir el texto, impidiendo que el lector espía pueda entrar en el universo de las palabras en forma clandestina. Estos amarretes de la literatura son capaces de poner su mano en la hoja tapando el texto a cualquier ojo ajeno. Otros deciden guardar el texto, siendo capaces de dejar de leer con tal de que otro no lo lea. Frente a estos casos, los lectores espías utilizan cualquier tipo de artimaña acrobática para poder continuar con la lectura. Asimismo, los lectores espías están decididos a terminar el relato y pueden llegar a bajarse varias cuadras después de la parada que les correspondía.
Todos hemos sufrido alguna vez la mirada de un lector espía, pero también, todos hemos sido alguna vez un lector espía, porque, el lector espía, es una de esas cosas que a todo nosotros nos gusta ser.
domingo, 7 de septiembre de 2008
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